Sección 01 Historia del Arte

Arte paleocristiano y bizantino (1ra parte)

Imagen del Lic. Milko A. García Torres
por Milko A. García Torres
Recopilación del libro "Historia de la pintura. Guía esencial
para conocer la historia del arte occidental". Wendy Beckett
 

 

 

 

En Roma, en la red de antiguas cámaras funerarias conocidas como catacumbas, hay una serie de pinturas murales que datan de la época en que los cristianos fueron perseguidos, durante los siglos III y IV. En cuanto al estilo, estas pinturas llevan la marca de la tradición grecorromana. Esta figura (arriba), que en el aspecto artístico no parece muy impresionante, resulta, a pesar de todo, profundamente conmovedora como imagen de fe. Posee una carga secreta de convicción que compensa cualquier incompetencia técnica.
Las catacumbas romanas nos ofrecen el mayor acervo pictórico que ha llegado hasta nuestros días. Estas catacumbas se encuentran fuera de los límites de Roma, ya que la ley romana exigía que el entierro de los muertos se llevara a cabo normalmente en lugares fuera de la ciudad. Las familias más ricas construían tumbas de mampostería, como las que se encuentran en la Vía Apia, lo que permite inferir que los pasadizos subterráneos a los que nos referimos, eran el lugar de entierro de los miembros de grupos sociales de inferior condición.
Los cristianos con mayor poder adquisitivo, podían permitirse adquirir más espacio y excavar modestas criptas familiares. En lugar de utilizar simplemente una sepultura en un pasadizo (el vocablo latino es "loculus"), estas familias podían excavar una cámara ("cubiculum"), y algunas veces hasta podían adornar la tumba con una construcción a manera de marco ("arcosolium"). Justamente, es en estas cubículas más pretenciosas en donde se encuentra la mayor parte de las decoraciones pintadas.
El suelo de Roma es volcánico y fácil de horadar para realizar galerías. En principio de excavaban los pasadizos a un mismo nivel, y luego se extendían haciendo túneles descendentes, que algunas veces alcanzaban profundidades de entre 9 y 15 metros.
Los cuerpos eran inhumados en cada nivel, en nichos excavados en las paredes, que luego se cerraban con planchas de piedra o ladrillos, y algunas veces llevaban inscripciones en latín y griego, lo que de alguna manera denota la existencia de una comunidad cristiana de nacionalidades mixtas. Este método de excavación nos permite apreciar que los "loculi" más altos son los más primitivos, y que las tumbas más recientes, se encuentran en el fondo de los túneles.
Aún se conservan en el cementerio de Domitila las dependencias de ingreso, de las cuales la principal es una sala probablemente destinada a los banquetes fúnebres conmemorativos, costumbre pagana que pasó a los primeros cristianos. Este tipo de cementerios se multiplicaron hasta el más lejano suburbio de Roma. En el siglo IV, cuando el cristianismo fue reconocido oficialmente, comenzó la costumbre de inhumar al aire libre y alrededor de las iglesias. A pesar de esto, muchos fieles siguieron prefiriendo estar enterrados en las catacumbas, cerca de los sepulcros de los mártires, lo que llevó a importantes ampliaciones, como las presentes en el cementerio de Calixto.
A partir del siglo V, las catacumbas ya no se utilizaron más como lugares de sepultura, aunque se siguieron visitando y las tumbas de los mártires conservaban sus lámparas encendidas. En el siglo VIII, a raíz de la incursión de los longobardos, se trasladaron a las Basílicas, los cadáveres más ilustres de las catacumbas.


La primera edad dorada del arte bizantino

En el año 313, después de trescientos años de persecución cristiana, el emperador Constantino reconoció la Iglesia cristiana como religión oficial del Imperio Romano. El arte paleocristiano anterior difiere de la tradición grecorromana en el tema más que en el estilo. Más adelante, en el este, cuando los artistas se alejaron del estilo grecorromano para crear un estilo totalmente nuevo, se convirtió en el arte bizantino, cuya importancia se ve en la profunda influencia que ejerció sobre el arte gótico. Fue la primera etapa de una tradición que seguiría siendo predominantemente cristiana, y que pasó por la Edad Media hasta llegar a la época del Renacimiento. La intensidad emocional pero al mismo tiempo seria de las pinturas del Fayum del siglo II en Egipto aparece en los primeros mosaicos cristianos creados entre los años 526 y 547 en la iglesia de San Vítal, en Rávena, capital de la región liberada de los godos por Bizancio. Estos mosaicos consiguieron una madurez de convención estilística que formaría la base de todo el arte bizantino. El artista que creó la imagen de Justiniano y sus ayudantes (arriba) consiguió una gran imagen señorial de un emperador bizantino de mediados del siglo VI. Esbelto, arrogante, remoto e importante, Justiniano aparece con su obispo, el clero y una sección representativa de su ejército: una imagen de las fuerzas unidas de la Iglesia y el Estado, y una imagen también de la deificación de los reyes practicada durante el Imperio Romano. Todas las cualidades principescas de Justiniano se pueden ver, en la proporción adecuada, en su séquito. Brillan muy por encima de nosotros, tanto de forma material como espiritual, en lo alto de las paredes de la basílica. Al otro lado del altar hay otro mosaico igualmente brillante que representa a la esposa de Justiniano, la emperatriz Teodora. En ese mismo siglo, en un icono del monasterio de Santa Catalina, en el monte Sinaí, podemos encontrar la intensidad emocional del Fayum y la lejanía sacerdotal de Rávena. Los iconos, una gran tradición dentro de la vida de la Iglesia oriental, eran imágenes religiosas, generalmente de Cristo, de la Virgen o de los santos. Estaban pintados en pequeñas tablas que solían ser fáciles de llevar para poder utilizarlas como instrumentos de devoción; cada detalle de la imagen estaba cargado de un especial significado religioso.

La Virgen y el Niño en el trono entre san Teodoro y san Jorge (arriba) posee toda la sagrada belleza que da al icono su fuerza única. María tiene unos grandes ojos que reflejan su pureza de corazón; es una mujer con clarividencia, una mujer que ve a Dios. No mira al pequeño rey sentado en su falda: como Señor, el Niño puede defenderse, si fuera necesario, por sí solo, y esa nosotros a quien dirige la Virgen su firme mirada maternal. Los dos santos que la acompañan son muy queridos dentro de las tradiciones de la Iglesia oriental: Jorge, el santo guerrero que mató al dragón, y Teodoro, otro guerrero menos conocido entre nosotros. Los dos santos llevan el uniforme de la Guardia Imperial, pero como arma esgrimen una cruz. Los ángeles detrás del trono miran hacia arriba y nos alertan de la mano de Dios, que llama y anuncia al Niño. Éste sujeta entre sus manos un pergamino simbólico. Dios está en silencio; sólo los ángeles le ven, aunque los ojos de los santos parecen indicar que sienten su divina presencia. Los cuatro halos de la Virgen, el Niño y los santos forman una cruz y nos avisan del mensaje que contiene el pergamino enrollado. Es una obra extraña y mística. Este tipo de pinturas todavía se hacen hoy en día en las iglesias del Este.

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